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Una historia orientalista de la transmisoginia

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Por Julianna Neuhouser. Artículo original: An Orientalist History of Transmisogyny, publicado el 27 de mayo de 2024. Traducido al español por Camilo Salvadó.

El último éxito en publicación trans es A Short History of Trans Misogyny de Jules Gill-Peterson. Publicado en tiempos de reacción global contra los derechos trans, una coalición que reúne a figuras tan variadas como J.K. Rowling y Javier Milei, propone analizar los orígenes de un mundo en el que el odio a la transfeminidad se ha vuelto asombrosamente útil. Y parece que muchos estan de acuerdo en que lo logró, ya que la solapa del libro incluye elogios de lumbreras como Torrey Peters, Shon Faye y Susan Stryker. Gill-Peterson tiene el crédito, de intentar enmarcar la transmisoginia en la longue durée, contextualizando los pánicos morales transmisóginos de principios del siglo XXI a través de una historia de la violencia colonial, centrándose particularmente en los EUA antebellum.

Irónica y desafortunadamente, cuando ella se digna a mirar al Sur Global -particularmente América Latina – se involucra en un peculiar juego de borrado y romantización, subestimando los problemas muy reales que enfrentan las personas transfemeninas fuera del núcleo imperial mientras idealiza sus modos de vida. Su conclusión, parafraseando a Edward Said, implica una forma de enfrentarse a América Latina basada en el lugar especial de América Latina en la experiencia norteamericana: una fuente de fantasías de liberación sexual más que una región enorme y extremadamente diversa con su propia compleja historia.

Los problemas empiezan temprano -Gill-Peterson inicia su análisis del imperialismo y la transmisoginia no con la conquista española y portuguesa de las Américas, sino alrededor de la época de la Rebelión India de 1857- tres décadas completas después del colapso del Imperio español, lo que constituye un borrado de la violencia colonial anti-trans en todo lo que ahora se conoce como América Latina. “Una nueva relación entre los hombres y la trans feminidad estaba tomando forma”, escribe sobre la violencia imperial del siglo XIX, como si no hubiera tomado forma ya siglos antes en gran parte del mundo que ella elige ignorar. No se habría necesitado investigación de archivo aquí: incluso en un texto de nivel de pregrado como La Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, hay innumerables referencias escandalizadas a la “sodomía” mesoamericana y relatos de los intentos de los conquistadores de acabar con las prácticas sexuales bajo ese paraguas, “porque tenian muchachos vestidos en hábito de mujeres que andaban á ganar en aquel maldito oficio”. Esa violencia transmisógina continuó a lo largo de la era colonial; uno de los casos más famosos es el de Cotita de la Encarnación, una travesti afro-mexicana que fue torturada y quemada en la hoguera en la Ciudad de México en 1658 y cuya historia incluso fue inmortalizada en un cuento de Camila Sosa, Soy una tonta por quererte. Dada su romanticización de la identidad travesti, uno asumiría que ha leído a Camila Sosa, pero esa suposición puede ser incorrecta.

La falta de familiaridad con la literatura fuera del Norte Global es constante a lo largo del libro, desmintiendo su pretensión de historia global. En la introducción, ella intenta examinar el tema de por qué la misoginia tan a menudo se vuelve mortal sin citar una sola feminista latinoamericana, a pesar de que el feminicidio y las condiciones estructurales que lo hacen posible son quizás el tema más teorizado en los feminismos de la región. Pese o quizá por esa ignorancia, la conclusión del libro es una descripción chocantemente orientalista de las travestis sudamericanas. Es particularmente perverso que solo encuentre romance después de borrar sistemáticamente la violencia anti-trans endémica de la región, quizás la más peligrosa del mundo para las personas transfemeninas. Para Gill-Peterson, las travestis son almas bellas en el sentido hegeliano, libres de cualquier compromiso con el capitalismo, el estado o la asimilación heteronormativa. Mientras elogia el concepto de la activista travesti argentina Marlene Wayar de organización “suficientemente buena”, que abraza la practicidad y la imperfección, no logra entender las formas “suficientemente buenas” de organizarse, bajo condiciones más duras que las de la Costa Este de los Estados Unidos, podrían llevar a unirse a un partido político izquierdista o aliarse con organizaciones feministas radicales “anti-trata”.

Como escribió la filósofa transfeminista mexicana Siobhan Guerrero Mc Manus, los transfeminismos latinoamericanos son “radicalmente heterogéneos […] si examinamos sus variadas posiciones sobre temas como el sujeto político del transfeminismo, el lugar de enunciación desde el que se hacen las demandas y, finalmente, una serie de temas conectados con el trabajo sexual, el sistema penitenciario, la migración, la violencia y la justicia, tanto en el sentido redistributivo y económico como en términos de restaurar y reparar el daño hecho a las poblaciones trans”. En América Latina, hay activistas trans que luchan por la abolición del sistema penitenciario y activistas trans que presionan por penas de prisión más duras como solución al problema del transfemicidio. Hay activistas trans aliadas con feministas radicales contra las trabajadoras sexuales y activistas trans aliadas con las trabajadoras sexuales contra las feministas radicales; las que se unieron a partidos políticos para asegurar reformas y las que apostaron por un anti-asimilacionismo radical y se involucran en el activismo callejero; transmedicalistas y mutantes de género. En una palabra, las personas trans latinoamericanas son personas, en toda su diversidad, capaces de triunfos y tropiezos por igual.

Todas esas diferencias son suavizadas por Gill-Peterson, que en su lugar ha encontrado un sujeto idealizado y homogéneo que responde más a sus preocupaciones sobre la política queer de EUA que a cualquiera de las crisis políticas de América Latina y el papel de los movimientos anti-género en precipitarlas; la historia dictatorial de la región y la actual ola de victorias electorales de populistas de derecha están completamente ausentes en su libro. Si su libro critica con razón la romanticización y exotización de las mujeres trans negras, escribiendo que son “idealizadas políticamente por aquellos que no las conocen… a menudo reclamadas incómodamente por aquellos que buscan guía en el pasado”, parece inconsciente de la ironía de que hace lo mismo con las travestis, de que espera que su “mera presencia… salte a la buena política”.

La segunda ironía aquí es que hay mucho que las personas trans del Norte Global pueden aprender de las travestis — pero menos en términos de identidad que de sus logros políticos. Contrario a la imagen radicalmente anti-asimilacionista que Gill-Peterson pinta del movimiento travesti/trans de Argentina, Argentina históricamente había estado a la vanguardia en la obtención de derechos para la comunidad, un estatus que mantuvo desde que se convirtió en el primer país en permitir el reconocimiento legal de las identidades trans mediante la autoidentificación hasta que todo se vino abajo cuando la extrema derecha asumió el poder hace un par de meses. Podemos aprender de la Escuela Popular Travesti/Trans Mocha Celis, un proyecto de educación popular dirigido a la comunidad, o de la Ley de Cupo Laboral Travesti-Trans, una iniciativa del gobierno de Fernández que reservaba el 1% de los empleos del sector público para las personas trans y proveía incentivos para que el sector privado lo hiciera, haciendo una enorme diferencia en la vida de las personas trans de clase trabajadora — dos años después de su aprobación, el número de personas trans empleadas por el sector público aumentó en un 900%, aunque este progreso desde entonces se ha deshecho a través de despidos masivos de trabajadores travesti/trans del sector público por parte del gobierno de Milei.

Otra iniciativa involucró reparaciones para travestis y mujeres trans que habían sobrevivido a la represión de disidentes sexuales y de género bajo la junta militar respaldada por la CIA, una represión que continuó durante la transición democrática ya que la democracia burguesa que emergió del colapso de la junta conservó sus leyes que criminalizaban a las personas trans. Todas esas iniciativas fueron  resultado de la organización y la militancia política, una lección de la que cualquiera en el mundo puede aprender. Sin embargo, es difícil ver cómo la identidad travesti puede exportarse sin simplemente convertirse en una pose hipster de ver quién es el más subversivo y transgresor, sin hacer nada por la comunidad en su conjunto.

También debemos reconocer sus errores. Uno de los mayores tropiezos del movimiento travesti/trans argentino ha sido su vergonzosa colaboración con feministas radicales excluyentes de trabajadoras sexuales, una alianza que socava la posición material de innumerables travestis y mujeres trans precarizadas. En un momento, Gill-Peterson cita aprobatoriamente a Marlene Wayar por su postura anti-asimilacionista sin mencionar su abolicionismo del trabajo sexual, que la ha llevado a firmar cartas abiertas oponiéndose a la despenalización del trabajo sexual junto con organizaciones como la Coalición Contra la Trata de Mujeres en América Latina y el Caribe (CATWLAC), una organización afiliada de la alianza global transfóbica conocida como Women’s Declaration International (WDI) y cuya tesorera (y ex codirectora) no es otra que la Ur-TERF Janice Raymond.

Otra vez, la complejidad de la política trans en América Latina parece escapársele a Gill-Peterson, aunque dudo que pierda mucho sueño por ello, ya que su conclusión ofrece la fantasía orientalista de una política travesti perfecta que viene a redimir los pecados asimilacionistas del Norte Global. Esto quizás explica por qué palabras y frases perfectamente traducibles al inglés como “precarización”, “coexistencia” o “suficientemente bueno” a menudo se dejan en español, como un turista probando palabras en el idioma local — ayuda a exotizar a los sujetos subalternos.

En este momento de crisis global para las comunidades transfemeninas, merecemos una historia de la transmisoginia, pero merecemos también algo mejor que esto. Merecemos una de alcance global, que tome las tragedias y los triunfos del Sur Global en serio por derecho propio, en lugar de funcionar como un mero contrapunto a los conflictos internos de las comunidades trans en el Norte Global. Merecemos un libro que pueda mirar a las personas trans en el Sur Global y “hablar con ellas y bajarlas del pedestal de la idealización, que es otra forma de quitarles la humanidad”, como escribió la novelista trans española Alana S. Portero en su excelente debut La mala costumbre. Merecemos un enfoque en las formas de organización política para poder luchar como comunidad, en vez de en cuestiones identitarias. Merecemos revolución, en vez de romance.

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Source: https://c4ss.org/content/61122


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